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Esta crónica se enmarca en el proyecto ‘Raíces comunitarias: red de huertos urbanos para la inclusión, la igualdad y la participación comunitaria’, financiado por el Ajuntament de València – Concejalía de Servicios Sociales y ejecutado por Paz y Desarrollo.

“¿¡Quién se ha tirado un pedo, tío!?”, grita un niño mientras mira a sus compañeros de mesa. “Javi, has sido tú cien por cien”. “¡Pero qué dices! Que no, ¡seguro que has sido tú!”. El colegio Profesor Bartolomé Cossío siempre tiene ruido. Si no es de sus alumnos, de los intentos de los profesores por captar su atención.

Desde la oficina ya nos comimos la cabeza para intentar conseguir un poco de esa concentración. Recortamos cientos de congelados de revistas de supermercado; descargamos audios de ballenas y resulta que suenan como alarmas, como coches en tránsito, como avionetas; hicimos presentaciones con memes de gatos; bailes absurdos que desde hacía tiempo solo pertenecían a nadie. ¿Qué pasa si no entienden lo que decimos?, ¿si ya saben que los flamencos dan de beber a sus crías leche que crean en sus tractos digestivos?, ¿o no les interesan las comidas que se hacen en Bolivia o Argelia? ¿Qué pasa si les damos miedo?

Porque es que hasta a nosotras nos daba vértigo lo que veníamos a contarles.

“¿Sabéis que los animales migran todo el rato, por todo el mundo, en busca de comida y no tienen pasaporte?”, dijo Tania Macera, historiadora social. Los niños de seis y siete años de primero de primaria respondieron que sí, como si fuera lo más evidente del mundo. Con sus pequeñas manos y cortas piernas habían apartado sus pequeñas sillas y diminutas mesas para arremolinarse y sentarse encima de un mapamundi que hacía las veces de alfombra.

Cuando el ruido de los pies ya se había calmado, Macera presentó a los estudiantes, con ojos curiosos, a Malena la ballena y Anita la ballenita. “¿De qué color son estos mamíferos?” Empezaron a volar colores: azul, blanco, negras con manchas blancas, grises, moradas. “¿Moradas? No sé qué tipo de ballenas habrás visto tú”, dijo Macera al niño que se había atrevido a recordar su ballena morada; todos rieron.

Estos cetáceos fueron la estrella del día. “Tanto parientes como no parientes se reúnen durante el parto para ayudar a la madre y se turnan para asistir al recién nacido. Después, ayudan a la cría a subir a la superficie para tomar su primera bocanada de aire. Casi todas las que colaboran son hembras”, decía de manera fantasiosa Macera. Mientras, Catherine Lopera y yo, dos chicas de prácticas de la ONGD Paz y Desarrollo*, batallábamos con la tecnología para poder sacar alguna foto o video útil.

Después, otros animales aparecieron en escena: Pepe Penco el flamenco, cuyo plumaje rosa se tiñe por los rojados crustáceos de su dieta. Duerme de pie sobre una sola pata para reducir la pérdida de calor corporal y descansar sus músculos. Estas aves viven en muchas partes, también en la Albufera. “¿Que no habéis ido a la Albufera nunca? ¡Tenemos que ir de excursión ya!”, dijo Macera con una emoción poco conocida entre los adultos, pero difícil de reprimir una vez se está rodeado de niños.

Samantha la elefanta viaja mucho. “¿Sabéis dónde hay elefantes?”, preguntó Macera. Los niños se lanzaron sobre el mapa. Se arrastraron, se empujaron un poco y apuntaron lugares incómodos para los que estar un elefante: en medio del océano Pacífico, en las playas del Mediterráneo o en Noruega e Islandia. “¡Mira, Liam! Ven, ven. ¡Colombia!”, dijo una niña con rizos castaños y un lazo rosa del tamaño de una palma abierta. Y es que la mayoría de los estudiantes del Bartolomé Cossío son hijos de migrantes.

El colegio se ubica en lo que la población local llama (a veces despectivamente) “Barrio Barona”, dentro de Orriols. Esta zona era reinos de alquerías y terrenos agrícolas hasta que entre 1907 y 1912 se unió a Valencia. El éxodo rural posterior hizo que, en muy poco tiempo, mucha población de Extremadura, Andalucía y Castilla-La Mancha emigrara a ciudades como Valencia para trabajar en la industria. Empezaron a crecer asentamientos de chabolas. Tablas de madera, bloques de cemento, a veces rectos, a veces no, se juntaban para acoger a extremeños o andaluces que no tenían techo.

La construcción masiva de viviendas para esta clase obrera, liderada por el promotor José Barona Alcalá, respondió a esta necesidad: ofrecer una solución rápida y económica al grave problema de la infravivienda. Son casas que suelen oscilar entre 45 y 60 metros cuadrados, con escaleras estrechas y sin ascensor. Estos trabajadores envejecieron; algunos de sus hijos se mudaron a barrios a lo mejor un poco más pijos, a lo mejor con rentas más altas: Benimaclet, La Saïdia. Al quedar los pisos vacíos o heredados, se pusieron en el mercado de alquiler a precios que atrajeron a la nueva inmigración.

“Buscaban todo el rato las arepas y el aguacate, decían que no podían tener su desayuno sin eso”, me dijo Lopera hablándome sobre su charla. Ella era la más intrépida: tenía que entretener a los alumnos de quinto y sexto de primaria. A veces los niños son difíciles de impresionar. Con su funda de plástico, tenía decenas de comidas recortadas para que pudieran pegarlas a platos de papel. “Ahora tenéis que pegar qué comisteis ayer”, dijo Lopera, con su perpetuo tono calmado.

¿Dónde está el cuscús?”, le preguntó un niño. “Y luego otros se empezaron a reír de él porque era marroquí. Tú me dirás: uno venía de Bolivia y el otro de Uruguay”. La llegada de población extranjera logró invertir el descenso demográfico de la zona en los primeros años del siglo XXI. Orriols tiene aproximadamente un 30% de población migrante. “Muchos de los problemas actuales vienen de no poseer tierra. No tener espacio significa no tener tus propios alimentos ni poder vivir en casas más grandes de 60 metros cuadrados”, me explicó Lopera.

A veces tampoco se posee el agua. De eso mismo hablé cuando me tocó dar mi charla. “Valencia tiene ocho acequias”, les dije a los niños mientras llevaba un gorro de Stitch en la cabeza, el cual movía sus orejas con un mecanismo de feria. Sin embargo, era mentira lo que decía. La Acequia Real de Montcada es la novena. Debe su nombre a que el rey Jaime I se la reservó para sí tras la conquista, mientras que las ocho restantes fueron entregadas a los agricultores.A veces tampoco se posee el agua. De eso mismo hablé cuando me tocó dar mi charla. “Valencia tiene ocho acequias”, les dije a los niños mientras llevaba un gorro de Stitch en la cabeza, el cual movía sus orejas con un mecanismo de feria. Sin embargo, era mentira lo que decía. La Acequia Real de Montcada es la novena. Debe su nombre a que el rey Jaime I se la reservó para sí tras la conquista, mientras que las ocho restantes fueron entregadas a los agricultores.

Tampoco los ríos permanecen en el mismo sitio. Después de la riada de 1957, Valencia desvió el cauce del Turia hacia el sur de la ciudad para evitar nuevas inundaciones. Cuando dije esto, todos los niños callaron por primera vez en toda la clase. Donde antes corría agua, hoy hay árboles y parques donde hacer cumpleaños. Tras la dana que inundó gran parte de los territorios de l’Horta Sud, algunas voces de la gestión hídrica han vuelto a discutir aquella decisión, preguntándose si, al desplazar el río, la ciudad no habrá terminado olvidando de dónde viene el agua y cómo convivir con ella cuando regresa.

“¡Adivina de dónde soy yo!”, me dijo con orgullo una niña de cuarto de primaria con una sonrisa de oreja a oreja. Pude ver cómo se le había caído un diente frontal: el ratoncito Pérez tenía trabajo. “¡Va, tienes que adivinar de dónde soy sin que te lo diga!”, insistió. Ella no sabía que me había puesto en un aprieto. Algunos medios de comunicación y estudios muestran la estigmatización de este barrio. Parte de los valencianos considera esta zona de la ciudad como pobre y con inmigración “conflictiva”. La mala fama suele asociarse antes a los acentos y al color de piel que a las condiciones en las que vive la gente.

“No puedo adivinarlo sin ninguna pista”, respondí finalmente. “Empieza por M”, me respondió un niño que se cuela en la conversación. “¡Es de México!”, gritó otro. “¡Joder, Carlos!”, dijo el primero. Carlos era de Paraguay; el padre de Verónica era de Argentina, su madre de Colombia y ella también era argentina; Olek es ucraniano, “pero hablo ruso”, me especificó. “¡Intenta adivinar ahora el mío! Empieza por M”. “¡Juan, si tú eres de Madrid!”. “Bueno, es que para Juan, Madrid es un país”, dijo su profesora de matemáticas intentando defenderlo mientras reía. “Pues eso”, finiquitó Juan.

Autora del texto: Lucía Benlloch Sebastián

 

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